La forma del agua: Cuando el amor triunfa sobre la verosimilitud.

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La forma del agua (2017)

Dirección: Guillermo del Toro.

La belleza, el amor y las historias que lo cuentan ya no son la constante que eran, sobre todo en el cine, donde las grandes historias de amor han sido sobrexpuestas a la realidad, para empeñarse en mostrar de forma cruda y obscena cómo son las relaciones personales, en su mejor caso y en los peores donde el amor es una cosa trivial, triunfal y más como un accesorio de reconocimiento al héroe en pantalla.

La forma del agua de Guillermo del Toro es una película que se permite ser más fantasiosa y romántica, sólo quiere que el amor triunfe por encima de todas las cosas, incluso la muerte, hace de la vista gorda los sucesos en la trama en favor de que los protagonistas naden en los mares del amor.

Elisa Esposito es una mujer con pocas probabilidades de encontrar el amor, y no porque sea muda, sino porque ella permanece al margen del mundo, conocida por sus vecinos y con una única amiga, Zelda, que hace las veces de su voz, pero al parecer sometida al maltrato, a que su silencio la convierta en la virginal víctima perfecta de la eterna soledad.

Aparece la criatura, un anfibio, todo un Adán para una Eva, resulta que la tal Elisa se siente infinitamente provocada por un ser que podría matarla si quisiera, pero hay algo en su piel escamosa que a ella le eriza las entrañas, y pone platicadora a esta muda.

Sin embargo estamos en un edificio secreto del gobierno de los Estados Unidos durante la época de la Guerra Fría, y resulta que justamente aquí trabaja el doble agente ruso con más corazón del mundo, uno que más que en el comunismo cree en la vida, en la belleza y en el amor, sobre todo en el amor.

Aunque es una película infinitamente hermosa y con un guión que lo facilita todo para que triunfe lo bonito, parece que el único límite que hay en esta cinta es cuando ella le pierde el asquito al anfibio y él acaba tocando con su nariz en su pecera y le hace burbujas de amor, por donde quiera. Porque fuera de eso, tenemos a un antagonista, el Coronel Rickard Strickland, que parece sólo un requisito para hacer parecer que hay un antagonista.

El amor no es más que esta fantasía que narra Del Toro, increíble, no se detiene, es profundo y lo puede todo, incluso ir más allá de las reglas de la física o de las normas básicas de seguridad en laboratorios no tan ultra secretos.

A mi parecer, La forma del agua es una película que aunque termine siendo un fantasioso cuento de hadas es necesario, sirve para contrastar con la crudeza de nuestras emociones y sentimientos, es importante que deje la verosimilitud de lado para darle paso a la fe de que el amor es más grande que cualquier obstáculo, incluso la realidad.

Para muchos La forma del agua constituye el claro ejemplo de una historia fácil, repleta de agujeros en el guión que facilitan que el amor triunfe al final, yo creo que ese no debería ser el problema, ni tampoco ser juzgada a partir de la regla de la verosimilitud, creo que pretende todo lo contrario, ser en exceso fantasiosa, imposible e irreal. Muchos creerán que se trata de una exigencia justa, “estoy pagando por ver una historia creíble”, dirán otros. A fin de cuentas La forma del agua es un asunto de creencias y de tenerle fe a un amor que ya de por sí, es imposible.

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